
EL SUICIO DE PHOEBE
La tragedia se ha desatado en un instituto de South Hadley, un pequeño pueblo de Massachysetts, Estados Unidos. Una estudiante se ha suicidado tras haber sido acosada por una organización mafiosa de alumnas que se autodenominan Bad Girls (Chicas malas, en inglés). Los celos parecen haber sido el detonante para la campaña de insultos y amenazas que ha terminado con la vida de Phoebe Prince, la chica nueva del instituo, quien se ha ahorcado en su casa con un pañuelo, regalo de cumpleaños de su hermana menor.
Estamos hartos de ver en la televisión y en el cine ficciones sobre esa extraña etapa de la vida llamada adolescencia, todas ellas enmarcadas en institutos o colegios donde existe una especie de microcosmos en el que se ensaya la vida de adultos de los que, por ahora, no son más que jóvenes atiborrados de hormonas, asustados, desorientados y necesitados, ante todo, de aceptación social.
La razón para este acoso, si es que existe alguna moralmente admisible, era que Phoebe era nueva en el instituto, irlandesa, guapa, y que había estado saliendo con el ex novio de una de las integrantes del grupo Bad Girls. El acoso suele cebarse con los más débiles y los diferentes, los que no encajan con un modelo que el adolescente medio entiende como exitoso. Son blanco de burlas los homosexuales, los que presentan defectos físicos visibles, los alumnos de otras razas, etnias minoritarias y los nuevos. Me pregunto cuántos escritores de éxito, científicos o artistas conocidos eran además estudiantes de reconocido éxito social en su juventud. Me figuro que no muchos.
Este suceso ha ocurrido a miles de kilómetros de España, pero en nuestro país se calcula que alrededor del 3 por ciento de los alumnos sufren el acoso escolar, según una encuesta del Instituto de la Juventud (INJUVE). El problema es que si el ‘bullying’ termina en un delito, en la mayoría de las ocasiones no se puede emprender ninguna acción legal contra los autores del mismo, al ser estos menores de edad. Por otro lado, cuando acciones tan execrables las ejecutan personas tan jóvenes, puede desatarse una seria alarma social.
A estas alturas de la película, lejos de banalizar estas guerras de amor, poder y odio que se desencadenan en nuestros institutos, deberíamos reflexionar sobre los límites que los adultos estamos fijando a nuestros adolescentes. La adolescencia, si por algo se caracteriza, es por la búsqueda de la identidad y los modelos que ofrecemos no pueden limitarse a deportistas de éxito, supermodelos anoréxicas y estrellas de la televisión. Debe haber algo más que motive a nuestros jóvenes a afrontar el cambio de la infancia a la adultez para que esté marcado por pautas de conducta como la solidaridad, la inteligencia y el esfuerzo. Y no se puede señalar la diferencia como algo a derrocar, sino todo lo contrario. Es enriquecedor estar rodeado de diversidad, pues cambiar de opinión es el motor del conocimiento.
Estos comportamientos se han dado siempre en colegios e institutos, pero ahora adoptan matices muy preocupantes, tales como grabar vejaciones y colgarlas en Internet, o incluso como en el caso de Phoboe, celebrar a través de las redes sociales estos delitos. La sociedad tiene que unirse contra estos pequeños delincuentes y enfrentarse a ellos. Si algo debe excluirse es el mal y su raíz.
La tragedia se ha desatado en un instituto de South Hadley, un pequeño pueblo de Massachysetts, Estados Unidos. Una estudiante se ha suicidado tras haber sido acosada por una organización mafiosa de alumnas que se autodenominan Bad Girls (Chicas malas, en inglés). Los celos parecen haber sido el detonante para la campaña de insultos y amenazas que ha terminado con la vida de Phoebe Prince, la chica nueva del instituo, quien se ha ahorcado en su casa con un pañuelo, regalo de cumpleaños de su hermana menor.
Estamos hartos de ver en la televisión y en el cine ficciones sobre esa extraña etapa de la vida llamada adolescencia, todas ellas enmarcadas en institutos o colegios donde existe una especie de microcosmos en el que se ensaya la vida de adultos de los que, por ahora, no son más que jóvenes atiborrados de hormonas, asustados, desorientados y necesitados, ante todo, de aceptación social.
La razón para este acoso, si es que existe alguna moralmente admisible, era que Phoebe era nueva en el instituto, irlandesa, guapa, y que había estado saliendo con el ex novio de una de las integrantes del grupo Bad Girls. El acoso suele cebarse con los más débiles y los diferentes, los que no encajan con un modelo que el adolescente medio entiende como exitoso. Son blanco de burlas los homosexuales, los que presentan defectos físicos visibles, los alumnos de otras razas, etnias minoritarias y los nuevos. Me pregunto cuántos escritores de éxito, científicos o artistas conocidos eran además estudiantes de reconocido éxito social en su juventud. Me figuro que no muchos.
Este suceso ha ocurrido a miles de kilómetros de España, pero en nuestro país se calcula que alrededor del 3 por ciento de los alumnos sufren el acoso escolar, según una encuesta del Instituto de la Juventud (INJUVE). El problema es que si el ‘bullying’ termina en un delito, en la mayoría de las ocasiones no se puede emprender ninguna acción legal contra los autores del mismo, al ser estos menores de edad. Por otro lado, cuando acciones tan execrables las ejecutan personas tan jóvenes, puede desatarse una seria alarma social.
A estas alturas de la película, lejos de banalizar estas guerras de amor, poder y odio que se desencadenan en nuestros institutos, deberíamos reflexionar sobre los límites que los adultos estamos fijando a nuestros adolescentes. La adolescencia, si por algo se caracteriza, es por la búsqueda de la identidad y los modelos que ofrecemos no pueden limitarse a deportistas de éxito, supermodelos anoréxicas y estrellas de la televisión. Debe haber algo más que motive a nuestros jóvenes a afrontar el cambio de la infancia a la adultez para que esté marcado por pautas de conducta como la solidaridad, la inteligencia y el esfuerzo. Y no se puede señalar la diferencia como algo a derrocar, sino todo lo contrario. Es enriquecedor estar rodeado de diversidad, pues cambiar de opinión es el motor del conocimiento.
Estos comportamientos se han dado siempre en colegios e institutos, pero ahora adoptan matices muy preocupantes, tales como grabar vejaciones y colgarlas en Internet, o incluso como en el caso de Phoboe, celebrar a través de las redes sociales estos delitos. La sociedad tiene que unirse contra estos pequeños delincuentes y enfrentarse a ellos. Si algo debe excluirse es el mal y su raíz.
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